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El
7 de mayo de 1919 nacía Eva Perón
Se
llamaba Eva...
En
la ciudad del silencio la historia talló su
imagen y le dio un pedestal en la eternidad
del tiempo. Hizo de su nombre una bandera,
de su vida un ejemplo, y de su muerte un
símbolo.
No fue ella la ilusión de una promesa,
porque hizo una realidad de la esperanza. No
consagró el dogma de un partido, porque fue
el amor cristiano de una obra. No gobernó a
una república, porque reinó en el corazón
de los humildes.
La siguieron los débiles, porque ella
rindió a los poderosos. La reconocieron los
justos, porque ella condenó los
privilegios. La amaron los hambrientos,
porque ella fue el pan de su justicia.
En la plaza de las multitudes selló su
destino un 17 de octubre. Y, desde la
entraña misma de su pueblo, fue rebeldía,
inspiración y nervio al lado del caudillo
que parió la patria.
Renunció a los honores del Estado para
servir de consuelo al sufrimiento. El dolor
de los desposeídos crispó sus manos y un
anhelo de justicia fervorizó su sangre. La
doctrina de Perón se hizo evangelio en la
obra de su vida, y agotó su sacrificio al
servicio del pueblo.
En el invierno de una noche entró en la
inmortalidad de los grandes. Y un país,
convertido en llanto, fue una larga sombra
de gratitud y silencio.
El crimen de los bárbaros desterró su
imagen en la impiadosa conjura de los odios.
Peregrina en caja anónima, tuvo por
sepulcro un suelo extraño, y por lápida un
nombre ajeno.
El pueblo la perdió en el día de la
derrota. El pueblo la rescató en el
amanecer de una victoria.
En la parábola del arrepentimiento y el
pecado, volvió a la patria. Y la patria le
dio tumba junto al caudillo. Pero el odio de
la infamia y la violencia los separó, de
nuevo, en la ciudad dividida de los muertos.
La magia de su signo alienta a quienes toman
su bandera, y estremece a quienes siguen el
eco de su historia.
Se llamaba Eva... Y en la lucha que ella
emprendiera contra la injusticia de su
pueblo ganará batallas al conjuro de su
nombre.
En la ciudad del silencio la historia talló
su imagen y le dio un pedestal en la
eternidad del tiempo. Hizo de su nombre una
bandera, de su vida un ejemplo, y de su
muerte un símbolo.
No fue ella la ilusión de una promesa,
porque hizo una realidad de la esperanza. No
consagró el dogma de un partido, porque fue
el amor cristiano de una obra. No gobernó a
una república, porque reinó en el corazón
de los humildes.
La siguieron los débiles, porque ella
rindió a los poderosos. La reconocieron los
justos, porque ella condenó los
privilegios. La amaron los hambrientos,
porque ella fue el pan de su justicia.
En la plaza de las multitudes selló su
destino un 17 de octubre. Y, desde la
entraña misma de su pueblo, fue rebeldía,
inspiración y nervio al lado del caudillo
que parió la patria.
Renunció a los honores del Estado para
servir de consuelo al sufrimiento. El dolor
de los desposeídos crispó sus manos y un
anhelo de justicia fervorizó su sangre. La
doctrina de Perón se hizo evangelio en la
obra de su vida, y agotó su sacrificio al
servicio del pueblo.
En el invierno de una noche entró en la
inmortalidad de los grandes. Y un país,
convertido en llanto, fue una larga sombra
de gratitud y silencio.
El crimen de los bárbaros desterró su
imagen en la impiadosa conjura de los odios.
Peregrina en caja anónima, tuvo por
sepulcro un suelo extraño, y por lápida un
nombre ajeno.
El pueblo la perdió en el día de la
derrota. El pueblo la rescató en el
amanecer de una victoria.
En la parábola del arrepentimiento y el
pecado, volvió a la patria. Y la patria le
dio tumba junto al caudillo. Pero el odio de
la infamia y la violencia los separó, de
nuevo, en la ciudad dividida de los muertos.
La magia de su signo alienta a quienes toman
su bandera, y estremece a quienes siguen el
eco de su historia.
Se llamaba Eva... Y en la lucha que ella
emprendiera contra la injusticia de su
pueblo ganará batallas al conjuro de su
nombre.
BLOQUE
JUSTICIALISTA
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