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Alicia
Toscano, la enamorada del muro
El constante
éxodo que se produce desde la Ciudad de Buenos Aires hacia
Pilar trae consigo más de una aspecto positivo: una de ellas
es el gran caudal de artistas que eligen instalarse en la
zona, encontrando la tranquilidad indispensable para la
inspiración. En este sentido, una de las últimas
“adquisiciones” ha sido el arribo de Alicia Toscano, artista
de primer nivel y dueña de un reconocido estilo, en el que la
abstracción y la figuración surgen espontáneamente, estallando
en colores que movilizan el interior del espectador.
Desde
hace casi tres décadas, una gran cantidad de sus obras
(murales, vitrales, esculturas, instalaciones) se encuentran
emplazadas en todo el país y en sitios como EEUU, Alemania y
Suiza, algo que Toscano considera como “el legado que les dejo
a mis hijos y nietos”. Formada en instituciones como las
Escuelas Nacionales de Bellas Artes Manuel Belgrano y
Prilidiano Pueyrredón –más talleres particulares, con maestros
como Carlos Torrallardona-, es dueña de una producción tan
vasta como prestigiosa.
“Desde
muy chica empecé a pintar –recuerda, en entrevista con Revista
Pilar City & Countries-. En los cuadernos de la escuela
pintaba con témpera, no con lápices. Siempre fue mi gran
vocación”. Luego de un comienzo dominado por la pintura, la
atracción hacia los murales y vitreaux no tardó en llegar:
“Siempre me atrajo la luz. Tenía inquietud por incursionar en
el vitreaux. Empecé con diseños ‘para mí’, y de ahí comenzaron
a surgir otros... Creo ser más muralista que pintora de
caballete”.
La
vocación por la docencia aflora en Alicia Toscano cuando
explica que la diferencia entre un mural y una pintura “no es
el tamaño, como muchos creen. Al mural se lo considera así por
estar adaptado al muro por completo, independientemente del
tamaño. Es una obra realizada para un espacio arquitectónico
determinado. En cambio, un cuadro tiene valor de por sí, más
allá del ambiente en el que esté exhibido. A un mural no se lo
puede apartar o separar del lugar para el que fue concebido”.
Precisamente, el placer por enseñar apareció desde las etapas
más tempranas. “Al estudiar –comenta- fui sintiendo la
necesidad de ejercer la docencia. Dar con generosidad lo que
uno sabe y conoce es muy gratificante”. A su taller de Palermo
Soho acuden alumnos que van desde los 16 hasta los 85 años de
edad. “Cuando se trabaja con respeto la posibilidad de
aprendizaje se amplía –asegura-, una los va viendo crecer y
ellos se sienten felices al poder lograrlo”.
Eso sí: a la
hora de enseñar, ningún canon es bienvenido al taller.
Haciendo uso de una modalidad muy personal, Toscano manifiesta
trabajar “con una metodología no convencional, no repito lo
que me enseñaron. Estudié teatro, música y yoga, entre otras
cosas, y aplico conocimientos de esas técnicas en la enseñanza
de la pintura, logrando que los alumnos visualicen imágenes
que luego volcarán en la tela. Cuando trabajan se sienten
sorprendidos porque surgen formas, colores y texturas que no
creían poder generar, conectándose con su propio mundo
interior a través de una gran libertad y sin miedos. A partir
de esa libertad –agrega-, se los guía y acompaña respetando la
búsqueda de su propio lenguaje plástico”. En los cursos de
dibujo se trabaja con modelo vivo, y desde las vivencias que
nacen desde la concientización del propio cuerpo.
Polifacética
Luego
de un comienzo con exposiciones de pintura abstracta, de la
mente de la artista surgieron las “Abaísnas”, unas figuras
casi extraterrestres –con un nombre inventado por su
creadora-, a las que siguió trabajando con el tiempo,
tornándose con los años más humanas. “En la década de 1980
comencé con los murales, dejando la espátula, ya que la
cerámica requiere pincel”, rememora.
Al
mismo tiempo, un viaje a Formosa en 1983 sirvió como fuente de
inspiración: “desde el avión veía las grandes inundaciones de
ese año –comenta-, y cómo se había modificado la geografía. En
ese panorama, los tobas y matacos se resistían implacablemente
a abandonar sus tierras, casi ahogándose”. De esa vivencia
surgió la “Serie de las Inundaciones”, de un surrealismo
simbólico, que de alguna forma reivindicaba a la cultura
aborigen.
Tras
trabajar, luego de esa experiencia, en lo que llamó “Espacio
Telúrico”, en los ’90 la vitralista, pintora y muralista se
sintió conmovida por la guerra en la ex Yugoslavia, dando como
resultado la “Serie Finisecular”, a la que define como
“abstracta y con mucha fuerza, con un color casi
revolucionario. El color ‘estalla’. Allí me liberé de ciertos
cánones, volviendo a una total abstracción”.
Claro
que, en el medio, sucedió un hecho crucial en su trayectoria:
la realización del vitreaux que decora el centro comercial
Patio Bullrich. “Es de 21 metros cuadrados, pintado a mano,
horneado a 620 grados y armado con plomo, una técnica
medieval. Me lo encargaron cuando se hizo el reciclaje del
Patio, en 1988. Lo hice en dos meses en un pequeño taller, por
lo que recién pude verlo completo cuando lo colocamos (trabajé
en escala, paño por paño)”.
Acerca
de las sensaciones que la asaltaron al ver la obra concluida,
expresa que “cuando somos chicos, siempre tenemos fantasías
–yo tenía un lugarcito en la terraza de mi casa desde donde
intentaba volar-. Cuando vi emplazada la obra, me dije ‘lo
logré, estoy volando a través de los pájaros de mi vitreaux’”.
Uno de
los últimos hechos trascendentales en su carrera fue el
reciente montaje de una muestra individual en el Centro
Cultural Borges, “Tango y Abstracción”, que incluyó la
presentación de un audiovisual. “Estudié música desde muy
chica. El amor por el tango se despertó a través de Ástor
Piazzola, sobre todo cuando fui convocada para hacerle un
homenaje en el Correo Central, junto a otros 41 artistas. Fue
como una revelación: yo podía manifestar la pasión de Piazzola
a través del color”.
Además,
este año (en junio y diciembre) su taller formó parte del
Gallery Nights de Palermo, recibiendo 500 personas en una
noche, convocatoria que superó las expectativas de todos.
Enemiga de las convenciones y estructuras, Toscano (que define
a su obra como polifacética) afirma que “todo arte es
abstracto, aún lo figurativo. Hasta las Meninas de Velázquez
lo son”.
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