Revista Pilar City & Countries

03/01/06

 

Alicia Toscano, la enamorada del muro

El constante éxodo que se produce desde la Ciudad de Buenos Aires hacia Pilar trae consigo más de una aspecto positivo: una de ellas es el gran caudal de artistas que eligen instalarse en la zona, encontrando la tranquilidad indispensable para la inspiración. En este sentido, una de las últimas “adquisiciones” ha sido el arribo de Alicia Toscano, artista de primer nivel y dueña de un reconocido estilo, en el que la abstracción y la figuración surgen espontáneamente, estallando en colores que movilizan el interior del espectador.

Desde hace casi tres décadas, una gran cantidad de sus obras (murales, vitrales, esculturas, instalaciones) se encuentran emplazadas en todo el país y en sitios como EEUU, Alemania y Suiza, algo que Toscano considera como “el legado que les dejo a mis hijos y nietos”. Formada en instituciones como las Escuelas Nacionales de Bellas Artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón –más talleres particulares, con maestros como Carlos Torrallardona-, es dueña de una producción tan vasta como prestigiosa.

“Desde muy chica empecé a pintar –recuerda, en entrevista con Revista Pilar City & Countries-. En los cuadernos de la escuela pintaba con témpera, no con lápices. Siempre fue mi gran vocación”. Luego de un comienzo dominado por la pintura, la atracción hacia los murales y vitreaux no tardó en llegar: “Siempre me atrajo la luz. Tenía inquietud por incursionar en el vitreaux. Empecé con diseños ‘para mí’, y de ahí comenzaron a surgir otros... Creo ser más muralista que pintora de caballete”.

La vocación por la docencia aflora en Alicia Toscano cuando explica que la diferencia entre un mural y una pintura “no es el tamaño, como muchos creen. Al mural se lo considera así por estar adaptado al muro por completo, independientemente del tamaño. Es una obra realizada para un espacio arquitectónico determinado. En cambio, un cuadro tiene valor de por sí, más allá del ambiente en el que esté exhibido. A un mural no se lo puede apartar o separar del lugar para el que fue concebido”.

Precisamente, el placer por enseñar apareció desde las etapas más tempranas. “Al estudiar –comenta- fui sintiendo la necesidad de ejercer la docencia. Dar con generosidad lo que uno sabe y conoce es muy gratificante”. A su taller de Palermo Soho acuden alumnos que van desde los 16 hasta los 85 años de edad. “Cuando se trabaja con respeto la posibilidad de aprendizaje se amplía –asegura-, una los va viendo crecer y ellos se sienten felices al poder lograrlo”.

Eso sí: a la hora de enseñar, ningún canon es bienvenido al taller. Haciendo uso de una modalidad muy personal, Toscano manifiesta trabajar “con una metodología no convencional, no repito lo que me enseñaron. Estudié teatro, música y yoga, entre otras cosas, y aplico conocimientos de esas técnicas en la enseñanza de la pintura, logrando que los alumnos visualicen imágenes que luego volcarán en la tela. Cuando trabajan se sienten sorprendidos porque surgen formas, colores y texturas que no creían poder generar, conectándose con su propio mundo interior a través de una gran libertad y sin miedos. A partir de esa libertad –agrega-, se los guía y acompaña respetando la búsqueda de su propio lenguaje plástico”. En los cursos de dibujo se trabaja con modelo vivo, y desde las vivencias que nacen desde la concientización del propio cuerpo.


Polifacética

Luego de un comienzo con exposiciones de pintura abstracta, de la mente de la artista surgieron las “Abaísnas”, unas figuras casi extraterrestres –con un nombre inventado por su creadora-, a las que siguió trabajando con el tiempo, tornándose con los años más humanas. “En la década de 1980 comencé con los murales, dejando la espátula, ya que la cerámica requiere pincel”, rememora.

Al mismo tiempo, un viaje a Formosa en 1983 sirvió como fuente de inspiración: “desde el avión veía las grandes inundaciones de ese año –comenta-, y cómo se había modificado la geografía. En ese panorama, los tobas y matacos se resistían implacablemente a abandonar sus tierras, casi ahogándose”. De esa vivencia surgió la “Serie de las Inundaciones”, de un surrealismo simbólico, que de alguna forma reivindicaba a la cultura aborigen.

Tras trabajar, luego de esa experiencia, en lo que llamó “Espacio Telúrico”, en los ’90 la vitralista, pintora y muralista se sintió conmovida por la guerra en la ex Yugoslavia, dando como resultado la “Serie Finisecular”, a la que define como “abstracta y con mucha fuerza, con un color casi revolucionario. El color ‘estalla’. Allí me liberé de ciertos cánones, volviendo a una total abstracción”.

Claro que, en el medio, sucedió un hecho crucial en su trayectoria: la realización del vitreaux que decora el centro comercial Patio Bullrich. “Es de 21 metros cuadrados, pintado a mano, horneado a 620 grados y armado con plomo, una técnica medieval. Me lo encargaron cuando se hizo el reciclaje del Patio, en 1988. Lo hice en dos meses en un pequeño taller, por lo que recién pude verlo completo cuando lo colocamos (trabajé en escala, paño por paño)”.

Acerca de las sensaciones que la asaltaron al ver la obra concluida, expresa que “cuando somos chicos, siempre tenemos fantasías –yo tenía un lugarcito en la terraza de mi casa desde donde intentaba volar-. Cuando vi emplazada la obra, me dije ‘lo logré, estoy volando a través de los pájaros de mi vitreaux’”.

Uno de los últimos hechos trascendentales en su carrera fue el reciente montaje de una muestra individual en el Centro Cultural Borges, “Tango y Abstracción”, que incluyó la presentación de un audiovisual. “Estudié música desde muy chica. El amor por el tango se despertó a través de Ástor Piazzola, sobre todo cuando fui convocada para hacerle un homenaje en el Correo Central, junto a otros 41 artistas. Fue como una revelación: yo podía manifestar la pasión de Piazzola a través del color”.

Además, este año (en junio y diciembre) su taller formó parte del Gallery Nights de Palermo, recibiendo 500 personas en una noche, convocatoria que superó las expectativas de todos. Enemiga de las convenciones y estructuras, Toscano (que define a su obra como polifacética) afirma que “todo arte es abstracto, aún lo figurativo. Hasta las Meninas de Velázquez lo son”.

 

 


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