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Qué
duro es sentirse minoría en un país de falsas mayorías
Qué duro es ver que el gobierno nacional y los ruralistas
luchan entre sí
cuando son
cómplices necesarios del país sojero. Qué duro es ver
cacerolas relucientes y llenas de soja RR en el asfalto
civilizado de
Buenos Aires.
Que duro es ver las cacerolas renegridas y sin tierra de los
campesinos de Santiago del Estero. Que duro es ver a los
estudiantes de universidades argentinas con sus carteles de
apoyo a los ruralistas en huelga, como si Monsanto y el Che
Guevara pudieran
darse la mano.
Que duro es recordar que esas cacerolas relucientes, esos
estudiantes movilizados y esas familias temerosas del
desabastecimiento no salieron a la calle cuando los
terratenientes de este siglo XXI expulsaron a familias y
pueblos enteros para plantar su
soja maldita.
Qué duro es ver la furia ruralista al amparo de reyes sojeros
como el Grupo Grobocopatel. Qué duro es ver el rostro reseco
de Doña
Juana expulsada, de doña Juana sin tierra, de doña Juana con
sus muertos bajo la soja. Qué duro es ver que se cortan las
rutas para
que China y
Europa no dejen de tener soja fresca, y para que Monsanto no
deje de vender sus semillas y sus agroquímicos. Qué duro es
comprobar, con los dientes apretados, y con el corazón
desierto y sin bosques, que nadie habló en nombre de los
indígenas expulsados de sus
territorios, de
sus plantas medicinales, de su cultura y de su tiempo para que
la soja y el glifosato sean los nuevos algarrobos y los
nuevos duendes
del monte. Qué duro es ver con las manos y tocar con los ojos
que nadie habló en nombre de los campesinos echados a
topadora limpia,
a bastonazos y a decisiones judiciales sin justicia para que
ingresen el endosulfán, las promotoras de Basf y las palas
mecánicas
con aire acondicionado. Qué duro es saber que nadie habló en
nombre del suelo destruido por la soja y por el cóctel de
plaguicidas.
Qué duro es comprobar que muchos productores, gobiernos y
ciudadanos no saben que los suelos solo son fabricados por los
bosques y
ambientes
nativos, y nunca por los cultivos industriales. Qué duro es
saber que para fabricar 2,5 centímetros de suelo en ambientes
templados
hacen falta de 700 a 1200 años, y que la soja los romperá en
mucho menos tiempo. Qué duro es recordar que el 80% de los
bosques
nativos ya fue destrozado, y que funcionarios y productores no
ven o no quieren ver que la única forma de tener un país más
sustentable es
conservar al
mismo tiempo superficies equivalentes de ambientes naturales y
de cultivos diversificados. Qué duro es observar cómo se
extingue
el campesino que convivía con el monte, y cómo lo reemplaza
una gran empresa agrícola que empieza irónicamente sus
actividades
destruyendo ese
monte. Qué duro es ver que el monocultivo de la soja refleja
el monocultivo de cerebros, la ineptitud de los funcionarios
públicos
y el silencio de la gente buena. Qué duro es saber que miles
de Argentinos están expuestos a las bajas dosis de
plaguicidas, y que
miles de
personas enferman y mueren para que China y Europa puedan
alimentar su ganado con soja. Qué duro es saber que las bajas
dosis de
glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros plaguicidas pueden
alterar el sistema hormonal de bebés, niños, adolescentes y
adultos, y que no
sabemos cuántos
de ellos enfermaron y murieron por culpa de las bajas dosis
porque el estado no hace estudios epidemiológicos. Qué duro es
saber que
los bosques y ambientes nativos se desmoronan, que las cuencas
hídricas donde se fabrica el agua son invadidas por cultivos,
y que
Argentina está exportando su genocidio sojero a la Amazonia
Boliviana. Qué duro es comprobar que las cacerolas relucientes
son más
fáciles de sacar que las topadoras y el monocultivo. Qué duro
es comprobar que en nombre de las exportaciones se violan
todos los días,
impunemente, los
derechos de generaciones de Argentinos que todavía no
nacieron. Qué duro es ver las imágenes por televisión, los
piquetes y
las cacerolas
mientras las almas sin tierra de los campesinos y los
indígenas no tienen imágenes, ni piquetes, ni cacerolas que
los
defiendan. Qué duro es comprobar que estas reflexiones
escritas a medianoche solo circularán en la casi
clandestinidad mientras Monsanto
gira sus divisas
a Estados Unidos, mientras las topadoras desmontan miles de
hectáreas en nuestro chaco semiárido para que rápidamente
tengamos
19 millones de hectáreas plantadas con soja, y mientras miles
de niños argentinos duermen sin saber que su sangre tiene
plaguicidas,
y que su país
alguna vez tuvo bosques que fabricaban suelo y conservaban
agua. Muy cerca de ellos las cacerolas abolladas vuelven a
la
cocina.
Dr. Raul A.
Montenegro,
Biólogo
Presidente de FUNAM
Premio Nobel Alternativo 2004 (RLA-Estocolmo, Suecia).
Profesor Titular
de Biologia Evolutiva, Universidad Nacional de Cordoba
(Argentina). |
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