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Pilar y la nueva ola
de inmigrantes

Buscando mejores oportunidades laborales,
por afán de aventuras o por amor, dejaron
su país de origen y se instalaron en Pilar
donde trabajan y formaron su propia
familia. Cómo los trata la ciudad, cómo
viven el desarraigo y cómo conservan sus
costumbres. Dos senegaleses y un
dominicano cuentan cómo es ser extranjero
en Pilar.
Alexis

Alexis llegó a probar suerte a la
Argentina desde Senegal hace cuatro años.
Antes, había estado en algunos países de
Europa, “había viajado y participado en
ferias”, hasta que por sugerencia de
algunos conocidos decidió desembarcar en
el país, donde las políticas migratorias
son mucho menos exigentes, sin conocer el
idioma que hoy habla casi a la perfección.
Simpático, rodeado por los cientos de
cadenas, anillos y colgantes que expone en
su puesto de la feria El Corralón, del
centro de la ciudad, cuenta que “en Pilar
me siento bien, la gente es amable,
siempre me han tratado muy bien” y asegura
que en estos años “hice amigos con los que
vamos al gimnasio, salimos, jugamos a la
pelota”.
Derribando mitos sobre la idiosincrasia
del argentino, asegura que “algunos son
cerrados pero no la mayoría”, que “en
cuatro años una sola vez me trataron mal,
en Capital Federal”, y que nunca se sintió
discriminado.
Sin
embargo, reconoce que el desarraigo es
duro y mientras admite que extraña a su
mamá, comenta que en Senegal, donde
todavía no regresó por cuestiones
económicas, “la vida es muy distinta, las
costumbres, las creencias, la manera de
vivir, allá se vive mucho en familia, más
libre, las casas no se cierran con candado
como acá, la policía es muy severa allá si
te portás mal, la ligás”.
De
novio y con un hijo, Alexis asegura –lejos
de los prejuicios asociados con la
inmigración- que en su país tenía un nivel
de vida de clase media, incluso completó
los estudios secundarios. Mientras sueña
con dar clases particulares de francés, su
lengua natal, reitera “volvería a Senegal
pero me volvería a ir, me gusta viajar,
aprender, soy un aventurero”.
Julianno

A
poco de cumplir los 30 años, mientras
trabajaba como animador en un hotel
internacional de su República Dominicana
natal, Julianno conoció por Internet a la
mujer por la que hace ocho meses se radicó
en la Argentina.
“Vine
a Argentina a formar una familia”,
advierte con una sonrisa mientras atiende
una juguetería de El Corralón junto a su
cuñado, que como el resto de su familia
política, lo recibió como a un integrante
más.
“Los
argentinos me han tratado muy bien, nadie
se ha propasado y el ambiente me gusta”,
tanto es así que admite que ya se
“argentinizó” en algunas de las
costumbres: “tomo mate y esta noche nos
vamos a comer un asadito”.
Tan
claro es el objetivo que lo trajo a estas
tierras, que cuenta que “estoy haciendo
trámites para quedarme a vivir acá”.
De
todas maneras, admite que “algo se
extraña”, es por eso que “todo el tiempo
estoy en contacto por Internet con mi
familia, les pregunto como está el país,
qué es lo que pasa”, al igual que con su
hijo, que vive en Alemania. Para Julianno
“la vida en República Dominicana es muy
distinta” y a modo de ejemplo afirma que
“allá los menores no fuman ni beben, eso
me ha sorprendido mucho de acá”.
Para
alivianar la sensación de desarraigo junto
con una compatriota que trabaja en el
mismo paseo de compras “hablamos de
nuestro país, escuchamos nuestra música”,
explica, mientras se despide de la
entrevista haciendo un paso de merengue
enfundado en una bandera de Boca.
Bamba
Llegó
a la Argentina un poco después que su
primo Alexis. Como él, probó un poco de
suerte en Capital Federal hasta que divisó
mejores oportunidades laborales en Pilar,
donde hoy cuenta con su propio puesto de
bijouterie en la misma feria.
Desde
hace cuatro años no ve a su familia en
Senegal, a la que extraña pese a haber
formado la propia con una chica de Mar del
Plata con quien tiene una hija.
La
paternidad le permitirá, además, completar
la documentación necesaria para permanecer
en el país. “Tengo pasaporte pero teniendo
una hija me dan el documento”, aclara,
mientras asegura que nunca fue perseguido
ni requisado por la policía para comprobar
la validez de sus papeles, situación
habitual en países como España.
“La
primera vez que viajé fui a Portugal y
volví a Senegal, la segunda fui a Brasil y
también volví, la tercera vine acá y no
volví, no hay plata”.
Para
sentirse más cerca de las costumbres que
dejó atrás en su país, ve con frecuencia
al importante grupo de senegaleses que
vive en Capital Federal. “Nos vemos,
salimos y para las fiestas nos juntamos a
celebrarlas juntos”, cuenta.
Un
poco más tímido que sus antecesores, Bamba
habla un castellano cerrado con un dejo de
francés y aunque afirma que la vida en
Pilar “es buena, nunca tuve ningún
problema”, sueña con “seguir viajando el
año que viene”.
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