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10/01/10

       


Correo de Lectores 

 

Pilar y la nueva ola de inmigrantes

Buscando mejores oportunidades laborales, por afán de aventuras o por amor, dejaron su país de origen y se instalaron en Pilar donde trabajan y formaron su propia familia. Cómo los trata la ciudad, cómo viven el desarraigo y cómo conservan sus costumbres. Dos senegaleses y un dominicano cuentan cómo es ser extranjero en Pilar.

Alexis

Alexis llegó a probar suerte a la Argentina desde Senegal hace cuatro años. Antes, había estado en algunos países de Europa, “había viajado y participado en ferias”, hasta que por sugerencia de algunos conocidos decidió desembarcar en el país, donde las políticas migratorias son mucho menos exigentes, sin conocer el idioma que hoy habla casi a la perfección.

Simpático, rodeado por los cientos de cadenas, anillos y colgantes que expone en su puesto de la feria El Corralón, del centro de la ciudad, cuenta que “en Pilar me siento bien, la gente es amable, siempre me han tratado muy bien” y asegura que en estos años “hice amigos con los que vamos al gimnasio, salimos, jugamos a la pelota”.

Derribando mitos sobre la idiosincrasia del argentino, asegura que “algunos son cerrados pero no la mayoría”, que “en cuatro años una sola vez me trataron mal, en Capital Federal”, y que nunca se sintió discriminado.

Sin embargo, reconoce que el desarraigo es duro y mientras admite que extraña a su mamá, comenta que en Senegal, donde todavía no regresó por cuestiones económicas, “la vida es muy distinta, las costumbres, las creencias, la manera de vivir, allá se vive mucho en familia, más libre, las casas no se cierran con candado como acá, la policía es muy severa allá si te portás mal, la ligás”.

De novio y con un hijo, Alexis asegura –lejos de los prejuicios asociados con la inmigración- que en su país tenía un nivel de vida de clase media, incluso completó los estudios secundarios. Mientras sueña con dar clases particulares de francés, su lengua natal, reitera “volvería a Senegal pero me volvería a ir, me gusta viajar, aprender, soy un aventurero”.

Julianno

A poco de cumplir los 30 años, mientras trabajaba como animador en un hotel internacional de su República Dominicana natal, Julianno conoció por Internet a la mujer por la que hace ocho meses se radicó en la Argentina.

“Vine a Argentina a formar una familia”, advierte con una sonrisa mientras atiende una juguetería de El Corralón junto a su cuñado, que como el resto de su familia política, lo recibió como a un integrante más.

“Los argentinos me han tratado muy bien, nadie se ha propasado y el ambiente me gusta”, tanto es así que admite que ya se “argentinizó” en algunas de las costumbres: “tomo mate y esta noche nos vamos a comer un asadito”.

Tan claro es el objetivo que lo trajo a estas tierras, que cuenta que “estoy haciendo trámites para quedarme a vivir acá”.

De todas maneras, admite que “algo se extraña”, es por eso que “todo el tiempo estoy en contacto por Internet con mi familia, les pregunto como está el país, qué es lo que pasa”, al igual que con su hijo, que vive en Alemania. Para Julianno  “la vida en República Dominicana es muy distinta” y a modo de ejemplo afirma que “allá los menores no fuman ni beben, eso me ha sorprendido mucho de acá”.

Para alivianar la sensación de desarraigo junto con una compatriota que trabaja en el mismo paseo de compras “hablamos de nuestro país, escuchamos nuestra música”, explica, mientras se despide de la entrevista haciendo un paso de merengue enfundado en una bandera de Boca. 

Bamba

Llegó a la Argentina un poco después que su primo Alexis. Como él, probó un poco de suerte en Capital Federal hasta que divisó mejores oportunidades laborales en Pilar, donde hoy cuenta con su propio puesto de bijouterie en la misma feria.

Desde hace cuatro años no ve a su familia en Senegal, a la que extraña pese a haber formado la propia con una chica de Mar del Plata con quien tiene una hija.

La paternidad le permitirá, además, completar la documentación necesaria para permanecer en el país. “Tengo pasaporte pero teniendo una hija me dan el documento”, aclara, mientras asegura que nunca fue perseguido ni requisado por la policía para comprobar la validez de sus papeles, situación habitual en países como España.

“La primera vez que viajé fui a Portugal y volví a Senegal, la segunda fui a Brasil y también volví, la tercera vine acá y no volví, no hay plata”.

Para sentirse más cerca de las costumbres que dejó atrás en su país, ve con frecuencia al importante grupo de senegaleses que vive en Capital Federal. “Nos vemos, salimos y para las fiestas nos juntamos a celebrarlas juntos”, cuenta.

Un poco más tímido que sus antecesores, Bamba habla un castellano cerrado con un dejo de francés y aunque afirma que la vida en Pilar “es buena, nunca tuve ningún problema”, sueña con “seguir viajando el año que viene”.

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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